domingo, 30 de agosto de 2009

Disfruto


A veces, tantas veces disfruto de los momentos que se borrarán al día siguiente, de esos recuerdos que dices recordar por siempre y que luego olvidas fechas y nombres. Disfruto estar mucho tiempo en la ducha, escapar de un momento de esa suciedad que me aturde a diario, de la suciedad de mi ambiente, de mi entorno y a veces de mi propia suciedad, esa que se escurre entre las marcas de mi piel, que se esconde y que es difícil de habitar. Así como llorando, creo reír por siempre y a lo lejos logro verlo, en una casa pequeña, solo, sin muebles, sin espejos, sin nada, solo la soledad que lo acompaña a todos lados, con la que convive, con la que planea sus sábados en la noche acompañado de unos tragos ligeros.

lunes, 17 de agosto de 2009

Fijamente

Te miré, así, fijamente
te atrapé solo y ahora me dejas por los demás,
y así, fijamente, te sigo persiguiendo.
Antes de que digas algo, siento que te amo, que me perteneces,
que soy tuya,
tan tuya
que prefiero ser de nadie, para poder pertenecerte por completa.
Me despido, pero no por mucho tiempo
y así, fijamente, yo regreso.

Sueño con vos, contigo, con usted

Caminaba por ahí, entre vereda y vereda, un momento que se borraba con cada sonido de auto, un recuerdo que se me venía a la mente para ser eliminado después de un rato. Hoy no vi las noticias en la mañana, me levanté tan apurada que mi lucha contra el tiempo era tal vez, sin victoria. Decidí comprar un periódico saliendo de la universidad, en ese kiosco que esta en la esquina, ese azul con puertas débiles, con pintura antigua, con un señor sin historia. De pronto, mientras miraba la punta de mis zapatos moviéndose a paso lento, levanté la mirada y estaba él, parado dando la espalda, ojeando los periódicos colgados, volteó con fuerza, decidido por comprar un periódico que tenía como portada algo relacionado con el equipo de la "U", y sacó una china de su bolsillo, apunto de irse, me miró a unos pocos metros de distancia, me sonrió, me acerqué, y nuestro saludo no fue planeado, fue de barrio, un saludo como si nos conociéramos de toda la vida, como si nos tratáramos seguido, un saludo realmente confuso y exagerado. Empecé a comentarle que todo me iba bien, y entre risas nos acordábamos de esos momentos inconclusos entre nosotros, de esas, nuestras anécdotas que siempre terminarán, y de mi hija. Soltamos una broma, una tras otra, seguida de la segunda, y seguida de la tercera, y así entre bromas, empezó la melancolía, la tristeza que nos rodea a diario, esa tristeza cobarde que misteriosamente nos hace extrañarnos, que después de encontrarnos, siempre realizaremos una historia pequeña, como las miles que ya tuvimos. Y lo único que faltó para que ese instante sea una anécdota más, fue un beso largo y de despedida, una despedida que nos durará siempre, para luego encontrarnos así, de repente ya no en un kiosco, la próxima vez será en un lugar imposible de la imaginación, y él me contará de su vida, de su propia hija. Después de tanto misterio, de tanto encanto, me di cuenta, que esa caminata y ese encuentro nunca existió, fui víctima de mi propia conciencia, de esa que me atormenta todos los días, la que me engaña con odio, la que retuerce mis nervios y la que me escurre los recuerdos, sobretodo los que tengo con él, y así debo concluir, y debo aclarar que todo fue un pendejo sueño, así, maldito, pendejo, un sueño.

lunes, 10 de agosto de 2009

De película

Estuve leyendo un poema que me causo cierta congoja en el alma, una necesidad que no es necesaria, y un repentino momento de querer empezar a querer a alguien que no me quiere. Ayer me lo encontré, planeé nuestro perfecto encuentro para poder ser feliz, él siempre sabe como hacerme feliz y existen muchas maneras de rechazarlo, pero no, conmigo el rechazo no lucha, se queda ahí, no sale, nunca sale. Nos vimos tiernamente, siempre tiene una mirada que me enamora de la manera más pendeja, una mirada desde el colegio que no puedo borrar. Lo besé, me miró, y caminó adelante mío. Entramos a una casa con olor a artista, a soledad, a viaje, un olor que nos ayudaba en nuestro temor de que alguien nos pudiese encontrar en una casa totalmente ajena a nuestras necesidades y a nuestra falsa lucha por amarnos. Fuimos a la cocina, me dio una lata de cerveza, y me llevó hasta la escalera, subí con cierto miedo, y caprichosa, de pasadita voté un cuadro, y se rompió, y el solo dijo “después lo pego”, y subimos, entramos a ese cuarto amplio, con una cama bastante ancha, bastante perfecta para nosotros, observé todo para grabarlo en mi memoria y no olvidar ese momento que de repente yo había fabricado. Me eché en la cama, temblorosa, ansiosa por él, prendí la televisión y él entró al baño, lo esperé, siempre estuve esperándolo. Salió, se quitó el polo, me miró coquetamente, le sonreí y me puse roja, seguía mirando la televisión. Sin polo, se abalanzó entre mi cuerpo y mi cabello, me abrazo fuertemente, lentamente me besaba y sentía que debía amarlo en esa escena, actuar que los dos éramos los protagonistas de un amor de cine, de película, que hacíamos el amor porque era una manera de demostrar ese amor oculto y no por sexo, que nuestros orgasmos no eran fingidos sino realmente sinceros, sin actuaciones, me sentí bien, besándolo me sentí bien. De pronto se paró con fuerza, se arrodilló frente a mi y frente a mis piernas, desabotonó mi pantalón, me lo saco despacio, lo tiró con furia, y me sujetó las piernas con fuerza, me besó, y se paró, se fue al baño, nuevamente. Volvió, ahí estaba, desnudo, bello, blanco, tan blanco que me cegaba. Me desnudó, nos abrazamos, nos besamos, hicimos los comportamientos que existen, y nos cansamos, nos miramos, y no nos brotó un te quiero, solo un momento insatisfactorio, todo se arruinó, nuestra película, termino de filmarse. Me paré, entré al baño, me duché, salí, y sentí que me miró con algo de enamoramiento que se cruzaba entre sus ojos, algo que no quería dejar salir, pero estaba segura que eso era. Nos cambiamos, arreglamos el cuadro, nos dimos un beso y salimos para el parque a encontrarnos con unos amigos, nos despedimos, al final nunca sucedió nada, solo lo de siempre, la costumbre de manejarme a su antojo.