Muchas veces en la mediocridad de las calles y en el pasar del tiempo he llegado a enamorarme de las dificultades que trae la vida como cartera, esas que se te presentan cubiertas de facilidades y que luego te dan el doble reflejo, de tu reflejo y de tu sombra que aturde esa imaginación que uno mismo produce y quiere liberar. Caminando para ir por ahí, me puse a meditar entre cada paso y entre cada vereda, comenté con las mayólicas de las casas y con los postes que me rodeaban que yo era una tela de cuadritos, lisa y complicada, que calienta por un rato y luego se acostumbran a ella, que sirve en momentos fríos y que luego desechan con el paso del tiempo. Fui a casa de un tío que veo muy seguido, almorzamos en la terraza, tomamos campari y nos echamos un largo tiempo en esos sillones blancos cargados de pureza e infidelidades. Conversamos de todo aquello que nos perjudica y que nos jode, de todo eso que nos daña solapamente, de eso que te carcome poco a poco los órganos más importantes de tu cuerpo, cuando por ahí me dijo: “Cuando yo muera, de repente, en algunos años, en algún tiempo, quiero que sepas que nunca me gustó estar solo, siempre me gustó estar con ruido y si me encontrase solo, no lo estaría, porque tendría compañía, cuando era niño, convivía con 11 hermanos, donde se sentía esa vida cargada de risas, de llantos, de pleitos y la costumbre de siempre tener bulla hizo que le temiera a la soledad y cuando me veía solo en casa, prendía la radio, la televisión, y leía en voz alta, para escuchar esas voces que tanto me satisfacen…” : el punto es que, mientras el siente ruido en cada momento, yo necesito que me preste ese ruido para no encontrarme tan seguido con esa soledad que ya tiene la mitad de mi alma, la mitad de mi mente, la mitad de mis cosas, quiero exterminarla, con ruido o sin él, la quiero eliminar.
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