Ayer tuve un sueño extraño. Estabas tú en un Volkswagen celeste, y yo, pérdida entre los asientos traseros, persiguiéndote con cada olor que percibía para así retenerte por un momento entre la yema de mis dedos, deslizarlos entre tu rostro, acariciando delicadamente tus orejas llegando a tu cabeza para masajear levemente tus cabellos. Nos detuvimos en el lugar fabricado por nuestras mentes, en ese lugar inconcluso que llenamos de fantasía para tener nuestra historia con un final completo, y adentrarnos en ese mundo subterráneo al cual ya no pertenecíamos. Bajamos del auto, nos echamos entre la tierra y el pasto, para tener una noche inconclusa e incómoda y empecé a enfocarme en tus ojos claros y en tu piel bronceada, tratando de decirte que no estoy segura de borrar esos episodios que llenaron mi historia, acordándome de mis momentos estúpidos donde ruego para que no te vayas, necesito saber si tengo que olvidarte, porque estoy desesperada y un poco lunática por no recibir todo eso que dabas. Después de que te quedes dormido, miré fijamente cada aliento que expulsabas, miré suavemente tus ojos moviéndose despacio con los párpados cerrados, lentamente me acerqué hasta tus labios, exhalé el aire que dejaste libre y con un soplo fuerte pude mover tu cerquillo de las cejas, aproximé mi mano para arrancarte la indiferencia que tienes contra mí, y al levantarte, pensé en retirarme por completo de tu rostro tan perfecto, retirar mis manos que estaban alrededor de tu cintura, sacar mis piernas que armaban un arco sobre tus rodillas, levantarme con fuerza para poder escapar de lo que ibas a insinuar, pero de repente como una idea fugaz, regresaste mis manos a tu cabeza y cogiste fuertemente la mía, acercando mis labios contra los tuyos y sin dudar te besé de una manera tosca, me cogiste de la cintura, volteaste mi cuerpo despacio, enrollaste tus piernas con las mías, y dejaste escapar unas cuantas sílabas, y pronunciaste silenciosamente “no te vayas”.
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