Ignacio, argentino, bello, bellísimo, no imaginario, misterioso, seductor, provocador, sin mentiras, ni ternura inventada, cariño real un poco incompleto, amante. Anoche tuvimos una conversación, larga, caprichosa e interminable. A veces siento que lo quiero, la necesidad de quererlo, de tenerlo. Es un pendejo, lo sé, pero me encanta, me enamora, me atrapa. Estuvimos hablando de la vida, y de otras cosas que son similares, estúpidas e ilógicas. Él esta enamorado, muriendo por ella, la que llama de todas las formas dulces y perfectas. No espero que se enamore de mí, espero hacerlo sentir cosas un poco más allá de lo común, que se sienta en otro espacio cuando habla conmigo, coquetearle, hacer que me prefiera entre ella y yo. Pienso, que si estuviera acá, lo dejaría atado por un largo tiempo, no lo soltaría, mi miedo de perderlo sería intenso, casi imparable, y mi miedo a amarlo, no existiría, lo amaría así, sin razón, por amarlo nada más. Ya no puedo cambiar realidades, solo puedo hacer de la ficción un camino a lo existente, a lo real, para darle vida, y un poco de dureza. Mi enamoramiento fantasioso se convierte en algo de todo los días, hablar con él me sujeta, no me suelta, me deja por largo tiempo frente a la computadora, tecleando suavemente, pensando exactamente lo que quiero decir, para seguir encantándolo, buscando la foto perfecta para impactarlo.
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