sábado, 10 de octubre de 2009

Ella, yo

Como empezando a reconocernos, el día especial era casi perfecto y mis momentos de locura se iban desvaneciendo por la felicidad que andaba merodeando. No supe muy bien si encontrarme con ella nuevamente regresaría a lo que ya había enterrado. Después de esos episodios y capítulos que inventamos nos encontramos de niñas, jugando con barbies y armando una casa llena de lujos. En su casa del árbol, nos escondíamos de los que nos podían hacer daño, nos íbamos a ese lugar y le encontrábamos un sabor a refugio, a libertad, a grandeza. Empezamos a crecer, sin querer, pero crecimos tanto que nos íbamos olvidando de las buenas cosas que tiene la vida, del momento de actuar con coraje y venganza, del momento lleno de risas, y de las sonrisas que son transparentes, tan inocentes como un buen dulce. Sentadas en un parque, con la mirada para arriba, caían gotas de nuestros ojos, se nos nubló la vista, nos miramos, y nos sonreímos y sentimos la necesidad de abrazarnos por un largo tiempo, de vomitar promesas, de atarnos, de fumar puchos, y caminar con largos pasos. Mientras caminamos, nos reíamos de todo, esos recuerdos chistosos que no se olvidan con facilidad se quedaron grabados en nuestros pasos por ese momento, nos asombramos de la buena memoria que tenemos para acordarnos de cosas ridículas.

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